Tuesday, July 03, 2007

GRANDES MAESTROS DEL TIMO Y DEL EMBUSTE


4. GREGOR MACGREGOR Y SU ÍNSULA BARATARIA (2/2)
4.
El primero en partir fue el Honduras Packet. El buque en cuestión había sido fletado por la propia Embajada de Poyais para transportar allí a la primera tanda de colonos, aunque Macgregor tenía ya fletados varios barcos más para posteriores migraciones en los meses venideros. Los barcos estaban convenientemente aprovisionados de alimentos y munición, y los pasajeros llevaban todos sus ahorros convertidos en dólares de Poyais, moneda absurda del Monopoly que Macgregor había imprimido en su casa y que había cambiado a los colonos por sus respectivas libras esterlinas. ¿No es brillante? En septiembre de 1822 el Honduras Packet zarpó desde Londres hacia las Américas con 70 colonos a bordo, entre los cuales había médicos, abogados y banqueros que habían comprado cargos de renombre en las instituciones gubernamentales de Poyais.

Cuatro meses después, el buque Kennersley Castle zarpó también desde Escocia, con 200 nuevos ilusos a bordo. ¿A dónde coño se dirigían estos barcos? Pues al punto geográfico que Macgregor les había indicado en el mapa, en el que hipotéticamente se hallaba Poyais. Téngase en cuenta que en aquella época un barco podía tardar sus buenos tres meses en cruzar el océano, lo que le daba a Macgregor un amplio margen de maniobra para poder fletar todos los barcos que quisiera y poner pies en polvorosa antes de que regresaran siquiera los del primer buque. El Kennersley Castle llegó a su destino en marzo de 1823, y se pasó dos días enteros buscando un puerto en el que amarrar. En su búsqueda infructuosa, quiso la providencia que encontraran por allí tirados a los colonos del Honduras Packet, que había ido a la deriva a causa de una tormenta. Lo único que había allí a lo largo de muchos kilómetros de costa era básicamente una jungla virgen, muchos bichos, ciénagas, cuatro nativos en taparrabos con lanza y un par de ermitaños norteamericanos que se habían retirado allí del mundanal ruido para hacerse uno con el cosmos y la naturaleza. Lo más parecido a la ciudad de St. Joseph descrita por Macgregor eran cuatro ruinas chungas que había allí en estado de abandono total, al parecer fruto de un antiguo intento de colonización que se había quedado en nada. En otras palabras, aquello era un territorio tan inhóspito que los pocos colonizadores que habían tratado de establecerse allí directamente se habían pirado. Mientras algunos de los futuros gobernadores de Poyais se enfrascaron en la tarea de buscar algún buque que los sacara de aquel lodazal, el resto de la tripulación se dedicó a construir algún tipo de refugio, aunque sólo fuera con cuatro maderos, para poder al menos protegerse de las inclemencias del clima.


La cosa derivó en un enfrentamiento como el de EL SEÑOR DE LAS MOSCAS, en el que los propios colonos se liaron a hostias entre ellos discutiendo sobre quién debía tomar el mando, y sobre quién debía arrimar el hombro en aquel vertedero selvático. Por si las turbias relaciones entre aquellos acaudalados señores no fueran suficiente lastre, algunos de ellos empezaron a irse al otro barrio a consecuencia del dengue, la malaria o la enfermedad de Chagras, por no hablar de los constantes problemas de salud causados por el calor, el agua infectada, las picaduras de insectos... Incluso parece que algún colono directamente se suicidó. En abril, cuando algunos ya llevaban cinco meses allí perdidos de la mano de Dios, un buque oficial de Belize llamado Mexican Eagle se topó con los colonos de puta casualidad, y su capitán tuvo a bien escuchar la increíble historia que le contaron. Ni qué decir tiene que tras conocerla casi se descojona del timo que les habían metido, pero por respeto contuvo la risa y les informó de que no existía ningún lugar llamado Poyais, y que como mucho, si querían, su buque podía llevarles al menos a Belize, que por aquel entonces era territorio británico y estaba algo más civilizado que el lugar en el que estaban ahora. Los colonos obviamente aceptaron el ofrecimiento, con tan mala suerte de que durante el corto trayecto fueron víctimas del típico brote tropical hijo de puta. Entre las enfermedades palúdicas, el tifus, la disentería y otros males de fácil contagio, los que no la palmaron durante el viaje tuvieron que ingresar en hospitales de Belize, en los que corrieron una fortuna no mucho mejor que en alta mar. De los 250 colonos que recogió el Mexican Eagle, 180 murieron sin poder salir de Centroamérica. Los 70 restantes zarparon hacia Londres en agosto en el buque Ocean, en cuya ruta también perecieron muchos de ellos, siendo finalmente menos de 50 tíos los que, a mediados de octubre, desembarcaron vivos en la capital británica. Ni qué decir tiene que para cuando llegaron allí, un año después de su partida, otros cinco barcos de los que nada se sabía habían partido hacia Poyais cargados de colonos.

Los que regresaron contaron su historia en los periódicos, los cuales a su vez denunciaron enérgicamente los chanchullos que había montado Macgregor ocasionando tales desgracias. Incomprensiblemente, los supervivientes, cegados por el deseo de convertirse en caciques de aquella lejana tierra prometida, se negaban a culpar a Macgregor del asunto, y seguían creyendo en la existencia de aquel País de la Piruleta que éste les había prometido. Al igual que con el Forum Filatélico y similares, el timo estaba tan bien montado que no podían dar crédito a que una infraestructura tan aparatosa y con semejantes garantías diplomáticas fuera un simple espejismo engañabobos. Incluso aquellos que perdieron a sus familias para siempre firmaron un documento defendiendo la inocencia de Macgregor y achacando la responsabilidad a sus servicios de cartografía y a los marinos. El mayor Richardson, aún Embajador de Poyais, demandó a los periódicos por las injurias cometidas y defendió a Macgregor ante las acusaciones de fraude que recaían sobre él. Pero para entonces Macgregor no tuvo necesidad de nadie que lo defendiera. De hecho, para cuando el Ocean llegó a Inglaterra Macgregor estaba ya ausente, en otro país, bien lejos de allí.


5.
En 1825, Macgregor se reunió en París con un hombre al que había conocido en el Ejército. Se trataba del ilustre ciudadano británico Gustavus Butler Hippisley, que al igual que nuestro protagonista había estado muchos años dando tumbos por los mares de Sudamérica. Una vez más, Macgregor le contó la novela de costumbre y le propuso nombrarle Embajador de Poyais en Colombia. Por lo que le dijo, estaba en tratos con una compañía mercante para enviar colonos franceses a esta nueva tierra, pero primero necesitaba obtener el respaldo del gobierno de Francia para lograr una renuncia expresa a los derechos reclamados por España sobre dicho territorio. Obviamente todo esto era una milonga porque ni existían dichas reclamaciones, ni el país ni nada, pero Macgregor sostenía que estaba en conversaciones con el Primer Ministro del país del Armagnac para lograr algún tipo de apoyo diplomático, como el que había obtenido del mayor Richardson unos años atrás. Parece ser que al final no consiguió nada de todo esto, pero él siguió mimando el envoltorio para dotar de credibilidad a su proyecto. Sin ir más lejos, en agosto de 1825 publicó la nueva Constitución de Poyais, que ahora, como por arte de magia, ya no era un Principado sino una República, de la que él mismo era evidentemente el jefe de estado. También se puso a vender los acostumbrados Bonos del Estado y a reclutar colonos, aunque como no pudo conseguir que le reconocieran oficialmente ningún servicio consular lo hizo a través de la compañía mercante antedicha. El truco estaba en que todo nuevo colono debía convertirse en accionista de dicha compañía, aportando un mínimo de 100 francos. Todo fue bien hasta la partida del primer buque desde Normandía, momento en que las autoridades portuarias sospecharon que podía haber gato encerrado cuando comprobaron que muchas personas habían obtenido simultáneamente pasaportes para viajar a un país cuya existencia ni siquiera estaba registrada en sus archivos. Cuando los colonos fueron informados de esto, solicitaron que se investigara el asunto para prevenir posibles disgustos cuando llegaran a su destino. Total, que se descubrió todo el pastel, y Macgregor, Hippisley y su secretario Thomas Irving fueron convenientemente arrestados y enchironados. Por su parte, el respetable Monsieur Lehuby, director de la compañía mercantil, huyó a Bélgica en cuanto se olió la tostada.


En abril de 1826, los tribunales franceses comenzaron el juicio sobre el fraude de los emigrantes de Poyais contra Macgregor, Hippisley, Irving y Lehuby, este último "in absentia". Ni qué decir tiene que los tres acusados presentes procedieron inmediatamente a echarle la culpa de todo a Lehuby, que era el único que no estaba. Afirmaron que ellos en realidad no sabían nada, y que habían sido víctimas de un burdo engaño organizado por el susodicho, prueba de lo cual era el hecho de que hubiera tenido tiempo para huir del país. Sin embargo, justo antes de que recayera la sentencia, les llegó la notificación de que Lehuby había sido arrestado en Bélgica, y se volvió a montar el pifostio, porque como es lógico éste lo negó todo y acusó a Macgregor de ser un timador y un mafias. La cosa se alargó hasta julio, y por asombroso que parezca, resultaron todos condenados excepto Macgregor, que fue el único que se libró. Incomprensiblemente, el juez consideró que no había suficientes pruebas para inculparle por el asunto, a pesar de que había sido él el inventor de toda aquella movida de Poyais y de la colonización de las costas de Centroamérica. Eso sí, el juez le obligó a abandonar el país, puede que por no ser ciudadano nacionalizado, y Macgregor regresó a la pérfida Albion, donde para entonces el escándalo de Poyais era ya poco más que una noticia de prensa de hace años olvidada por prácticamente todo el mundo.

Una vez en Londres, volvió a la carga abriendo una nueva oficina en la City, esta vez sin contactos diplomáticos y a mucha menor escala, para no llamar la atención de los antiguos afectados. Vendió de nuevo sus ya clásicos bonos del estado, aunque esta vez se limitó a eso y no organizó ninguna emigración colonial como en ocasiones anteriores. Ahora Macgregor afirmaba que los nativos de Poyais lo habían escogido a él como jefe de estado, otorgándole el título de Cacique de Poyais. Sin embargo, parece que esta vez la cosa no marchó del todo bien, porque se empezó a correr el rumor de que aquello era un fraude y se aconsejaba a los inversores no meterse en semejante cosa. Macgregor tuvo que acabar vendiendo todos los bonos sobrantes a una sociedad de especuladores por una miseria, y aunque sacó beneficio fue una cantidad ridícula en comparación con sus logros del pasado.


Durante la década que siguió a estos acontecimientos, Macgregor vivió siempre de pequeños timos y estafas relacionados con su país imaginario, sacando el dinero justo para ir tirando sin muchos lujos. Lo mismo vendía terrenos con certificados falsos, que emitía acciones, que vendía participaciones en hipotéticos proyectos de regeneración social en aquellos parajes ficticios. Aquello era lo más parecido a un sistema piramidal o trapezoidal de esos que están de moda ahora, porque Macgregor conseguía pagar los intereses de sus inversores con el dinero que invertían los nuevos ilusos. Esto aguantó hasta que llegaron las vacas flacas y Macgregor no tenía dinero para pagar a sus inversores, por lo que empezó a pagarles con más certificados de terrenos en Poyais. Finalmente, en 1839, ahogado por las deudas, Macgregor tuvo que acabar huyendo a Venezuela, donde solicitó y recibió asilo político y una pensión vitalicia, por haber luchado en el pasado a favor de la independencia del país. Allí se dedicó durante años al cultivo del gusano de seda (no es coña) hasta que se quedó ciego. Murió en 1845.

Lo fascinante de la historia de Macgregor es que logró vivir del cuento durante apróximadamente un cuarto de siglo y no fue condenado ni una sola vez por sus chanchullos. Fue uno de esos personajes de leyenda que vivió de flor en flor, saltando de país en país y haciendo cosas distintas, siempre con rango de líder, ya fuera como general, altos rangos militares, o directamente cargos públicos inventados, como cuando fue el jefe de estado de la isla que gobernó durante unos meses. Tal vez él quisiera a toda costa ser gobernante o autoridad en alguna nación y región, y ante la imposibilidad de lograrlo se dedicara a inventarse sus propias naciones a su gusto, siempre con él como máxima autoridad. Tal vez la clave estuviera ahí: en que era imposible no confiar en alguien que prácticamente se creía a pies juntillas sus propias invenciones. Poyais, el reino que nunca existió, fue durante años más real a efectos administrativos que muchos otros países auténticos. Todos los pormenores del timo, detallados con minuciosidad, pueden leerse en el libro del periodista David Sinclair "The Land that Never was", cuyo primer capítulo pueden ustedes leer aquí, y cuyo autor nos desvela algunas de las claves de esta estafa a gran escala aquí. En plena época de los timos de la multipropiedad, de la venta de viviendas de veraneo que luego no existen, de las tiendas falsas por Internet y de similares quimeras del consumismo, el caso de Macgregor sienta un significativo precedente decimonónico que nos convence de que estas cosas no forman parte de ninguna sociedad en concreto sino de la esencia del ser humano. Todo es cuestión de contarle al personal con elocuencia aquello que en su interior desea creer.


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Tuesday, June 26, 2007

GRANDES MAESTROS DEL TIMO Y DEL EMBUSTE


4. GREGOR MACGREGOR Y SU ÍNSULA BARATARIA (1/2)

1.
La realidad nos demuestra que, a la hora de invertir, da un poco igual que aquello en lo que se invierte sea o no una realidad tangible. La gente invierte en acciones, bonos, fondos de inversión, y otra serie de cosas que quienes no estamos muy metidos en esto de la economía y las finanzas no acertamos a saber muy bien ni lo que son. Si es que son realmente algo más que un mero concepto abstracto. Ni siquiera sabemos si el dinero que ganamos existe de verdad: simplemente son números digitales que cambian en tu pantalla, como si fueran los puntos de una partida de un videojuego. En otras ocasiones, invertimos en cosas que conceptualmente son tangibles, es decir, que sabemos que pueden existir y que de hecho nos consta que a nuestro alrededor existen objetos y bienes de su misma naturaleza. Pero eso no implica que el bien concreto en el que nosotros invertimos exista, y si existe, nada nos garantiza que sea exactamente como se nos ha asegurado. Y aunque lo fuera, lo cierto es que nos da un poco igual, porque las características físicas de aquello en lo que se invierte es lo de menos. Aquí la jugada es que nosotros le demos a alguien un dinero, y él a cambio nos devuelva más cantidad de dinero. Todo lo demás nos la suda.

Quizás por eso luego se dan casos como los timos de la multipropiedad o las viviendas esas que uno compra en Bucarest o Plovdiv guiado por la promesa de que se van a revalorizar, aunque nunca jamás se moleste en ir a aquellos remotos lugares para comprobar si efectivamente está allí la casa en cuestión. O como lo de los sellos de Afinsa, un asunto absurdo en el que, a pesar del timo, los afectados siguen culpando al gobierno de su situación (¿qué más da si existen o no los sellos y las obras de arte si a mí me pagaban puntualmente?). Y tal vez por eso mismo se acaben dando también casos asombrosos como el que hoy nos ocupa, en el que un tío, con el simple poder de su imaginación, es capaz de inventarse un país inexistente como los de los tebeos de Tintín, la República de Poyais, hipotéticamente ubicado en las Indias más lejanas e inexploradas, y empezar a vender terrenos y latifundios a los próceres europeos como quien vende aire. Estamos hablando de un país que tuvo hasta Embajada propia en Londres, y que tuvo como cargos públicos a diversas personas de renombre que jamás pisarían el suelo de esta nación ficticia, pero que confiarían plenamente en su existencia y en su condición de territorio en vías de desarrollo, incluso después de que se descubriera todo el pastel. Igual que quien se compra su pisito en Bulgaria o su óleo de Modigliani. Vamos, pero igualito igualito.


2.
Detallar los pormenores biográficos de Gregor Macgregor en época anterior al timo que nos ocupa no deja de ser un acto de fe más que una labor de investigación. Mayormente porque teniendo en cuenta que parte de su pasado se desconoce y que el resto se lo inventó él a voluntad, pues podría ser que todo lo que contamos aquí fuera una versión totalmente falsa ideada por el propio Macgregor a modo de auto-hagiografia. Se sabe, eso sí, que era escocés, y que nació en Edimburgo el día de Nochebuena de 1786. Hijo de militares, no es de extrañar que sus pasos le llevaran hasta la Royal Navy, cuerpo en el que se alistó en 1803. Se sabe también que en 1805 contrajo matrimonio con una tal Marie Bowater, que falleció poco después, y que posteriormente luchó en las filas del ejército portugués y del español, aunque no se sabe muy bien con qué propósito (él afirmaba que había combatido a las tropas de Napoleón en la Guerra de la Independencia, aunque este dato no parece muy fiable). También se sabe que luchó en los conflictos independentistas en los que estaban sumidas por aquel entonces nuestras colonias de Sudamérica: Venezuela, Chile, Colombia... Y más adelante también lideró una especie de ejército propio de carácter apátrida que tomó al asalto la ignota Isla de Amelia, sita en las costas de Florida, y la gobernó durante unos meses a modo de jefe de estado (a los cuatro nativos y las cuatro cabras que habitaran allí, se entiende), con bandera propia y la hostia, hasta que llegó el ejército español y lo mandó a tomar por culo a mosquetazos. Este último episodio de su vida es probablemente el más absurdo de todos: si consultamos la historia de esta isla en su página web oficial, veremos que durante los años del colonialismo allí entraba y salía la gente poniendo y quitando su bandera sin ton ni son. La isla fue española, inglesa, francesa y mejicana, así como independiente durante unos años. Posteriormente llegarían los confederados, y hoy en día hace ya años que ondea allí la bandera estadounidense. El breve período de permanencia de Macgregor y su semi-ejército en la isla se menciona a modo anecdótico describiendo al susodicho como "un soldado de fortuna escocés", que al parecer se presentó allí en 1817 con 55 hombres y echó a tiros a los cuatro hispanos que estarían allí vigilando el terreno con toda la calor. A continuación colocó la Bandera de la Cruz Verde, inventada por él, y afirmó que la isla pertenecía ahora a dicha confederación imaginaria.

Esta idea de haber sido el Rey de una tierra baldía, como Robinson Crusoe, podría haber sido lo que acabó influyéndole para forjarse una historia falsa de conquistas a su llegada a Inglaterra. Macgregor fue poco más que un Sancho Panza gobernando una Insula Barataria, una especie de bucanero que iba a su puta bola por los mares del Caribe saqueando lo que podía. Sin embargo, en los archivos de nuestros hermanos del continente americano se le tiene como un ilustre general inglés que contribuyó a derrotar a los pérfidos españoles. Los venezolanos, que fueron quienes lo acogieron cuando tuvo que huir de Europa por timador de los gordos, nos dan la imagen de Macgregor como un libertador independentista que expulsó a los invasores de Venezuela, Nueva Granada, Haiti, y que hasta fue colaborador cercano del mismísimo Simón Bolívar, mientras que sus posteriores timos de la estampita vendiendo terrenos ficticios los describe como un mero episodio pasajero de su vida sin mayor importancia del que además tampoco se sabe mucho si fue culpable o no. Vamos, que para las culturas del otro lado del océano, Macgregor era poco menos que un Halcón de los Mares, un capitán intrépido que podría interpretar Errol Flynn, mientras que para los británicos y franceses era más bien un aristócrata wannabe de oscuro pasado que se dedicaba sobre todo al hurto y a los turbios chanchullos. Pero bueno, ya se sabe, para qué publicar la verdad cuando puedes publicar la leyenda.


3.
En 1820, tras todos sus años de aventuras por los mares, Macgregor regresó a Londres y se puso a contarle a todo el mundo que allá en las Américas había sido nombrado príncipe del Principado de Poyais, una nación independiente situada en la Bahía de Honduras, en lo que se conoce popularmente como la Costa de los Mosquitos (que en contra de lo que mucha gente cree, no se llama así por la abundancia de bichurrios voladores, aunque también los haya, sino por ser la patria de la minoría étnica de los Misquitos, un pueblo indígena que habitaba en su día por aquellos andurriales). Según afirmaba, el rey nativo de esta región, el desconocido George Frederic Augustus I, le había regalado un territorio de unos 32.000 km. cuadrados de tierra fértil y abundante en recursos, como recompensa por el apoyo brindado en la derrota de los españoles. El terreno incluía en el pack unos cuantos indígenas de regalo que Macgregor y sus colonos británicos podrían usar a modo de currelas semi-esclavizados para labrar sus tierras y recolectar el café, el tabaco, o lo que coño fuera que brotara en aquellas tierras en la mente de Macgregor, que habría instaurado en el lugar un régimen democrático acorde con los principios europeos, y hasta habría fundado el ejército y los servicios civiles de Poyais. Un chiringuito muy bien montado que suponía una tierra de oportunidades para todo británico que quisiera emigrar allí y establecerse entre los colonos. La oferta que Macgregor les presentaba a los ingleses era muy tentadora, dado que en aquella época las colonias españolas se estaban independizando y los británicos estaban ansiosos por introducirse en el mercado hispanoamericano que hasta el momento había estado monopolizado por los españoles. Además, las comunicaciones transoceánicas de la época no eran precisamente como las que tenemos hoy en día, por lo que todo lo que se sabía del lejano continente americano se reducía a lo que contaban que habían visto los marinos y caciques que venían de aquellos parajes, a lo cual se daba total crédito, aunque sólo fuera por ser la única fuente fidedigna de información.

En estas circunstancias, no es de extrañar que la propuesta de Macgregor sonara de lo más interesante entre plutócratas y gobernantes, ni que el mismísimo alcalde de Londres celebrara recepciones oficiales en su honor para entablar relaciones diplomáticas con el mandatario de una tierra por explotar. En estos eventos de la alta sociedad, Macgregor se dedicaba a contar batallitas sobre sus heroicidades en las Américas, normalmente adornándolas todas con detalles falsos, cuando no directamente inventándoselas sobre la marcha: que si había luchado junto a Francisco de Miranda o Simón Bolívar, que si procedía del linaje del Clan Macgregor, y que hasta descendía directamente del mítico Rob Roy Macgregor. Como es lógico, estos antecedentes tan ilustres le granjearon la amistad de múltiples personas influyentes, como la del mayor William John Richardson, al que Macgregor nombró en 1821 nada menos que Embajador de Poyais en Gran Bretaña. Como agradecimiento a tan generoso gesto, Richardson le cedió a Macgregor su mansión de Oak Hall en Downgate Hill, en plena City londinense, así como muchos de sus sirvientes, para que pudiera vivir en una casa digna de un príncipe. En Oak Hall Macgregor instaló las dependencias administrativas oficiales de Poyais y organizó todo tipo de banquetes y reuniones sociales a las que convidaba a dignatarios de alta alcurnia, tales como embajadores extranjeros, ministros y altos mandos del Ejército Británico. No contento con el garito que le pusieron en Londres, Macgregor abrió también oficinas consulares en Glasgow y Edimburgo, bajo el pretexto de que pretendía reclutar a la mayor parte de sus nuevos colonos en Escocia, para compensar de alguna manera a sus compatriotas por la pérdida de la colonia panameña, en cuyo fallido intento de conquista habría participado, siempre según su versión, un ancestro del clan Macgregor al que nuestro protagonista supuestamente pertenecía.


Total, que el tío se montó un chiringuito a nivel nacional por toda la isla con la inventada esta del Poyais, que era una tierra que no existía por ninguna parte. En aquellos primeros días, todo el cometido de estas oficinas consistía en vender tierras, por un lado, y participaciones por otro. Las primeras las vendía a 4 chelines el acre, lo cual, teniendo en cuenta que por aquel entonces el sueldo medio de un obrero era de una libra semanal aproximadamente, resultaba indescriptiblemente barato. No es de extrañar por lo tanto que muchos escoceses con ansias de conquista mordieran el anzuelo y apuntaran a sus familias como voluntarias para iniciar una nueva vida en la tierra prometida. Respecto a las participaciones, pues eran otro producto ya para inversores de mayor fortuna: se vendían a 100 libras cada bono, sobre un total de 2000 bonos del estado. Puede que muchos os preguntéis cómo es posible que gente tan acaudalada como para aflojar 100 pounds de la época no se molestara en ver y examinar realmente la mercancía antes de comprarla, pero lo cierto es que en aquella época en la que las colonias eran poco más que territorios remotos como de leyenda nadie creía que eso se pudiera saber. Era un poco como las compras por Internet, si ves que la web se actualiza y viste bien y parece fiable, pues te fías y metes ahí tu tarjeta de crédito y tus datos.

Y sin duda, el teatrillo de Macgregor estaba muy bien vestido y presentaba un envoltorio muy poco sospechoso, avalado por autoridades gubernamentales. Incluso llegó a publicar una Guía Oficial de Poyais de 350 páginas, escrita por un tal Capitán Thomas Strangeways (burdo seudónimo del propio Macgregor, obviamente), en la que se describían con pelos y señales la historia, cultura, geografía, recursos naturales y proyectos económicos del país, y que estaba disponible en sus oficinas a modo de fuente informativa para los interesados. En la Guía lógicamente se hacía hincapié en el enorme potencial de riqueza por explotar que yacía en el país, y se definía Poyais como un país esencialmente anglófilo con infraestructuras suficientes para la vida social, con minas y yacimientos vírgenes de oro y plata, y gigantescas extensiones de suelo cultivable a la espera de alguien que se asentara allí. Por si fuera poco, Poyais también estaba totalmente libre de enfermedades tropicales, a pesar de estar en pleno Trópico y en la jungla, y contaba con una capital cosmopolita y en continua expansión, St. Joseph, ciudad teóricamente fundada por colonos ingleses en 1730.

Sobre el papel, aquello era todo un soleado paraíso tropical en el que sólo había felicidad, salud y riqueza. El problema vino, claro está, cuando los cólonos empezaron a ir físicamente a Poyais a ver aquellas presuntas tierras paradisíacas que habían comprado.


(To be continued...)

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