Monday, June 04, 2007

EL GOLPE DE LA LUFTHANSA (4/4)



8.
El 18 de febrero de 1979, de buena mañana, y mientras los federales apretaban las tuercas a Peter Gruenwald, unos niños que jugaban en un solar de Brooklyn en el que solían aparcar trailers, camiones y excavadoras, descubrieron el cadáver de un hombre dentro de un camión frigorífico. Estaba atado de pies y manos y, como es lógico, totalmente congelado. No llevaba ninguna identificación, pero en su bolsillo llevaba una pequeña agenda de teléfonos en la que, entre otros nombres irrelevantes, figuraba curiosamente el teléfono de un tal James Burke. Los polis enseguida vincularon el crimen al robo de la Lufthansa, aunque en aquel momento no sabían ni de quién coño se trataba, porque desde luego no era ninguno de los hombres de la banda del Robert's Lounge. La policía siguió la pista del hombre hasta que un dentista que figuraba entre los restantes contactos de su agenda telefónica identificó al sujeto como Richard Eaton. Al parecer, Eaton tenía antecedentes en Florida por delitos de falsificación y estafa. Recientemente se había asociado con un mafioso canadiense llamado Thomas Monteleone, con el que había abierto un local llamado Players' Club en Fort Lauderdale, Florida. Dado que el círculo de amistades de Monteleone no estaba compuesto precisamente por personas respetables de la élite de la sociedad, el garito no tardó en convertirse en una parroquia de gangsters y rateros varios. Dos de los clientes habituales del local resultaron ser, mira por dónde, Jimmy Burke y Paul Vario. Burke había estado allí recientemente con Henry Hill para zanjar un trato relativo a un cargamento de cocaína (viaje que aprovechó la familia Lucchrese para quitar de en medio a Tommy DeSimone), y al parecer la otra parte de este negocio resultó ser, precisamente, Richard Eaton. Respecto a cómo y por qué terminó Eaton, que era de Florida, asesinado en un descampado de Brooklyn, a 1.500 kilómetros de su casa, nadie ha podido desvelarlo todavía. Pero fue una víctima más a sumar al recuento de fiambres que se iban amontonando alrededor de Jimmy Burke.

Ni siquiera fue el único asesinato sin resolver que se vinculó intuitivamente al golpe de la Lufthansa. La policía siguió la pista de Monteleone, el socio de Eaton, para constatar unos días después que acababa de aparecer muerto en un lugar tan absurdo como Connecticut, vaya usted a saber a santo de qué. También en aquella época desaparecieron Louis Cafora, el gordo de la banda de Burke, junto con su mujer Joanna, y Theresa Ferrara, una esteticista de Long Island que al parecer había sido uno de los ligues ocasionales de Paul Vario. Esta última abandonó su trabajo una mañana para hacer un recado, después de recibir una llamada telefónica. Salió del salón de belleza dejando allí su bolso, sus llaves de casa y su dinero, puesto que pensaba volver en un cuarto de hora. Jamás regresó y nadie la volvió a ver hasta tres meses después, cuando su cadáver apareció flotando en el embarcadero, aunque tampoco hay nada que la vincule con el robo ni con Jimmy Burke. No se sabe qué fue de ella. Tampoco se sabe nada de Cafora ni de su mujer, salvo que el gordo hampón había sido citado por McDonald para declarar sobre el asunto de Lufthansa. A partir de ahí todo son especulaciones.


Allá por mayo, coincidiendo con el juicio a Louis Werner, alguien debió de empezar a ponerse nervioso por la posibilidad de que alguien insospechado que conociera los detalles pudiera testificar. Werner fue declarado culpable, pero no deja de ser curioso que testigos que ya se habían comprometido previamente a declarar en contra del acusado (como sus corredores de apuestas o su propia esposa) empezaran de repente a retractarse de sus declaraciones iniciales y a afirmar que en realidad no sabían nada, y que Werner jamás les había dicho nada sobre ningún robo. Paralelamente, los protagonistas del gran golpe cayeron básicamente todos. La noche en que el juez dictó sentencia contra Werner, los gangsters Frenchy y Joe Buddha fueron hallados muertos en los asientos delanteros de un Buick aparcado en una zona industrial de Brooklyn. Habían muerto de sendos disparos en la nuca. Se sabía que ambos eran colaboradores de Jimmy Burke, y la policía concluyó que el asesino debía conocerlos en persona, porque iba con ellos en el asiento trasero, que era desde donde les había disparado. Absurdamente el coche era de dos puertas, por lo que el tirador tuvo que pasar por encima de los cadáveres para conseguir salir del vehículo.

Unas semanas después, el 13 de junio, apareció el cuerpo de Paolo LiCastri en Brooklyn, tirado en mitad de un vertedero, sin camisa ni zapatos y con cuatro disparos de bala. Esto desconcertó a la policía, que carecía de datos sobre la posible implicación de LiCastri, igual que habían desconocido la relación de Richard Eaton con el asunto. En palabras de Steve Carbone, inspector del FBI encargado del caso: "Es un caso que sigue abierto, no acaba de cerrarse. Cada vez que parece que ha dado sus últimos coletazos, aparece algo nuevo. Es como un rompecabezas enorme, pero ahora tenemos ya casi todas las piezas y nos falta poco para resolverlo". Sobre las muertes de Frenchy y Joe Buddha, Carbone admitió en el New York Times que "nosotros podríamos haberles salvado la vida sólo con que hubieran respondido a nuestras ofertas. Tratábamos de advertirles del peligro que corrían, pero nuestros avisos cayeron en saco roto. Puede que fueran demasiado ambiciosos, o quizás simplemente estaban asustados. Siempre es una tragedia ver cómo matan a la gente delante de tus narices, pero esta vez además era frustrante para nosotros, porque eran nuestros posibles enlaces para resolver el caso, y ahora esos enlaces están rotos".


9.
De los seis hombres enmascarados que participaron en el golpe tan sólo uno quedaba vivo: Angelo Sepe. Y la prensa comenzó a lanzar soflamas hacia la policía y el FBI por su incompetencia, dado que habían permitido que la montaña de cadáveres fuera creciendo cuando sabían desde el principio que todos aquellos hombres trabajaban para Paul Vario, y que Vario estaba relacionado con la familia Lucchrese. Sin embargo, durante todos los meses que duró la investigación, ninguno de ellos efectuó ningún movimiento en falso que lo delatara ni aportó indicio alguno de dónde podría estar el dinero, y los inspectores sabían que un botín tan sustancioso no se esfumaba así como así. Tuvo que transcurrir otro año entero hasta que finalmente, en junio de 1980 el FBI asumió que jamás recuperarían el dinero de la Lufthansa. La mayor parte de las personas involucradas habían muerto, y contra los vivos parecía ya imposible que fuera a aparecer ninguna prueba incriminatoria, así que Edward McDonald decidió darse por vencido aprovechando que Henry Hill acababa de ser arrestado por tráfico de cocaína y se enfrentaba a una posible condena de 25 años de prisión.

Henry Hill sabía que casi todos los que sabían algo del golpe de la Lufthansa habían acabado con un disparo en la sesera en cuanto se había temido que pudieran irse de la lengua ante la policía. Hill no sabía en realidad gran cosa sobre el robo, y aunque lo hubiera sabido era un hombre de confianza que no tenía motivo alguno para delatar a sus amigos (al fin y al cabo a él no lo vigilaban como sospechoso). Tal vez por eso era de los pocos miembros de la banda de Jimmy Burke que seguían vivos. Sin embargo, ahora que lo habían trincado por lo de la farlopa puede que sí tuviera motivos para convertirse en un delator. Burke sabía que el FBI le ofrecería un trato a cambio de rebajarle la condena. Hill, por su parte, sabía que Burke y Vario pensarían en eso. Incluso aunque Hill optara por no delatarlos y tragarse la condena íntegra, su vida corría peligro, porque después de lo de la Lufthansa estaba claro que los de arriba no iban a andarse con miramientos. Si cabía la más mínima sospecha de que Hill pudiera delatarlos lo eliminarían, y muerto el perro se acabó la rabia. Muchos colaboradores de Vario cumplían condena en la prisión del condado, así que ni siquiera en prisión estaba a salvo. Tal y como estaban las cosas, a Hill no le quedó más remedió que aceptar la propuesta del FBI y entrar en el Programa de Protección de Testigos. La propuesta, evidentemente, consistía en convencer a Hill para que les diera algo a los federales, cualquier cosa, siempre que sirviera para encarcelar a Jimmy Burke por algún delito mínimamente grave y que Hill estuviera dispuesto a declararlo ante un tribunal. No era mucho, pero para entonces tratar de encontrar una fuente fiable que testificase sobre el asunto de la Lufthansa era una mera utopía. Sin la ayuda de Hill lo máximo que podrían hacer sería detener a Burke por violar la condicional.


Así que así fue como terminó todo. A Jimmy Burke lo juzgarían en 1981 por, atención, amañar partidos de baloncesto de la liga universitaria en Boston. Fue lo único de lo que Hill pudo aportar alguna prueba. Le cayeron 20 años, aunque en 1985, y tras la aparición de pruebas posteriores, volvieron a juzgarlo por el asesinato de Richard Eaton, cayéndole definitivamente la perpétua. A Paul Vario, por su parte, le cayeron un total de 14 años de prisión por varios delitos fiscales y por cargos de extorsión y soborno en sus tratos con varias compañías aéreas encargadas del transporte de mercancías en el aeropuerto JFK. Ambos fueron delatados por Hill y ambos morirían en prisión: Vario en 1988 y Burke en 1996, cuando contaban edades ya bastante avanzadas. Henry Hill y su mujer se trasladaron a una casa en el culo del mundo, en las montañas Pocono de Pensilvania, tal y como les prometió el FBI a cambio de su cooperación en el caso contra Jimmy Burke. Respecto al último hombre que participó en el robo de la Lufthansa y que siguió vivito y coleando, Angelo Sepe, lo encontrarían muerto el 18 de julio de 1984 en Brooklyn, víctima de un ajuste de cuentas por parte de un traficante de drogas al que al parecer había robado un dinero. Teniendo en cuenta el estado del apartamento en que vivía, y que durante los años transcurridos desde el golpe de la Lufthansa había estado entrando y saliendo de prisión por violar una y otra vez la condicional, la policía no cree que Sepe llegara a cobrar jamás ningún dinero como recompensa por su participación en el robo. Habían pasado cinco años desde la noche en que fue asaltada la terminal de la Lufthansa, y todos los que habían participado en el asalto estaban encarcelados, desaparecidos o muertos. Jamás llegó a saberse dónde terminó el dinero.


En realidad, la historia acabó desembocando en un final tremendamente simbólico digno del film noir clásico. El botín conseguido, lejos de enriquecer a sus ladrones, se acabó convirtiendo en un auténtico macguffin que arrastró al otro barrio a todos y cada uno de los hombres que lo robaron. Ni siquiera tuvieron tiempo de gastarlo ni de hacer buen uso de él. El vil metal enfrentó entre sí a los hombres de la misma banda, propició sus desconfianzas y sus enemistades, sembró de cadaveres las calles de Nueva York, y después de todas las tragedias ocurridas, nadie sabe qué fue del dinero. Lo único que sabemos es lo que sabía Henry Hill, que fue la fuente principal de información del libro que sacó a la luz la verdad: el fascinante "Wiseguy, Life in a Mafia family" de Nicholas Pileggi (1985, Simon & Schuster), que fue de donde se adaptó luego el guión de la película de Scorsese y de donde proceden todos los datos aquí expuestos. Si existe alguien que conozca lo que ocurrió en realidad y sigue vivo, es bastante probable que esa información se la lleve a la tumba. Por lo que conocemos, incluso es posible que el dinero aún esté enterrado en algún descampado de Queens o sepultado bajo un bloque de hormigón, en una cruel ironía del destino.

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3 Comments:

At 3:37 PM, Blogger SisterBoy said...

A lo mejor lo metieron en el agujero donde está Jimmy Hoffa :)

 
At 7:59 PM, Blogger BUDOKAN said...

Es impresionante la magnitud y el detalle con el que cuentas esta historia que me ha resultado fascinante. Saludos!

 
At 9:54 PM, Anonymous PSP Porn said...

I am trying to learn Spanish and I loved every word of your blog post. Saludos!

 

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