Thursday, May 24, 2007

EL GOLPE DE LA LUFTHANSA (1/4)


1.
Reconozco que me fascinan las historias y crónicas periodísticas de las auténticas superstars del mundo del crimen. No me refiero sólo a los típicos psycho-killers famosos tipo Ed Gein, Charles Manson y compañía, sino a esas figuras legendarias del hampa, del crimen organizado, del fraude y del timo... En general, todo tipo de historias relativas a famosos ladrones, asesinos, gangsters, timadores, falsificadores y genios del Mal, así como a casos concretos que han pasado a la historia del crimen, como puedan ser los grandes robos perfectamente planificados, las conspiraciones criminales más enigmáticas, los asesinatos sin resolver... Mientras que en los países anglófonos, sobre todo en la pérfida Albion, gozan de toda una tradición bibliográfica dedicada a estos temas, con publicaciones especializadas y secciones enteras de las librerías dedicadas exclusivamente a este tipo de libros de género "True Crime" (cuando no librerías enteras especializadas en el género, como aquella londinense que había en su día en Charing Cross), en España parece que nadie se interesa por este tipo de asuntos, excepción hecha de la vertiente chabacana española del amarillismo más rancio, en plan Paco Pérez Abellán y autores similares. Pero nunca escritores que hagan una labor de investigación más o menos currada y que sepan narrar estas crónicas de forma mínimamente apasionada. Y es por ello que, me van a disculpar, pero a veces me apetece currarme alguna de estas crónicas para este humilde blog, aunque sean simples versiones resumidas y traducidas de los tochos que publican autores norteamericanos y británicos. Ya hablé por aquí de algún que otro estafador, y ahora, tras quedarme embobado como de costumbre viendo fragmentos de UNO DE LOS NUESTROS, me ha dado la venada de hablar del célebre Robo de la Lufthansa.


Cuando fue cometido, en 1978, fue el mayor golpe de la historia de Estados Unidos, es decir, el golpe en el que más pasta se mangó en un solo atraco. Nada menos que 5 millones de dólares en dinero y otros 800.000 dólares en joyas, más o menos. El caso se aclaró bastante rápido, no había mucho misterio en lo que había pasado, y sin embargo, nunca jamás apareció ni un solo céntimo del dinero robado. Lo que sí apareció poco a poco fueron los cadáveres de los hampones implicados en el robo. Fueron apareciendo durante años, uno tras otro, hasta el punto de que exceptuando a Louis Werner (el típico pringao cabeza de turco que siempre se lleva la parte mala de este tipo de fregaos), nadie fue condenado jamás por el robo de la Lufthansa, ya que a medida que se iban identificando posibles culpables, o simplemente posibles informantes que pudieran facilitar información al FBI, éstos iban apareciendo fiambres en algún descampado de Queens con un tiro en la sien, o directamente se esfumaban sin que nunca hayan vuelto a aparecer. Se cree incluso que más de un asesinato sin esclarecer registrado en Nueva York por aquellas fechas estaba en realidad relacionado con el robo. ¿Qué fue lo que sucedió en realidad? ¿Por qué había tanta gente implicada y quién se los estaba cargando? ¿Dónde estaba el dinero robado? ¿Quién planeó el golpe? El robo de la Lufthansa es una de esos fascinantes episodios de la Historia del Crimen en los que el robo en cuestión no es tan interesante como la historia de las personas que estuvieron detrás. Scorsese supo verlo, y consagró una de sus mejores películas a retratarlas, pasando de puntillas por el robo propiamente dicho, que apenas figura en la película salvo como mero macguffin para desencadenar el deterioro de las relaciones entre los personajes y la trágica espiral de violencia y traición que caracterizaba a ese submundo neoyorquino que, aunque parezca cosa de las películas, existió realmente tal cual. Aquí y ahora yo intentaré resumir un poco cómo sucedió todo el tomate, aunque siendo el tocho que es, he decidido dividirlo en cuatro posts para no suscitar el odio y la ira de los lectores.

2.
El lunes 11 de diciembre de 1978, aproximadamente a las tres de la madrugada, una furgoneta aparcó delante de la terminal de carga de Lufthansa, en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York. Era la hora del bocadillo y los empleados de la terminal se ausentaban de sus puestos y se iban a tomar café y sandwiches a una especie de comedor que tenían allí. Que vale que tampoco eran horas, a las tres de la mañana, pero la gente que hace el turno de noche se acostumbra, suponemos, a estas cosas. El propio guarda de la terminal también se había ausentado de su garita, con idénticos propósitos. Cuatro hombres vestidos de negro descendieron de la furgoneta y entraron en el edificio. Todos llevaban máscaras negras de esquí. La furgoneta entonces prosiguió su camino, dio la vuelta por detrás del edificio y se topó con una puerta cerrada con candado. Un quinto hombre vestido de negro se apeó con unos alicates y rompió la cadena para poder abrir la puerta. A continuación metieron la furgoneta dentro y volvieron a cerrar la puerta reemplazando la cerradura inicial por otra, pero dejándola abierta. Un poco después, un Buick último modelo entró en el aparcamiento de la terminal y se quedó allí estacionado con las luces apagadas.


Mientras tanto, dentro del edificio, John Murray, un veterano agente de aduanas, estaba echando una cabezadita en su puesto y no vio llegar a los cuatro hombres. Estos lo capturaron y lo llevaron por la fuerza al comedor, donde había otros cinco empleados. Los intrusos obligaron a los cinco a tumbarse en el suelo boca abajo y con los ojos cerrados, y uno de ellos acompañó a Murray a su despacho para que hiciera una llamada telefónica. Dado que faltaban tres empleados, que al parecer se hallaban en el almacén, Murray telefoneó allí y le dijo al director de planta que bajara para atender una llamada urgente de Frankfurt. El director de planta acudió a coger la presunta llamada telefónica y se encontró con un panorama de lo más preocupante: seis de sus subordinados tumbados en el suelo boca abajo, y unos tíos enmascarados apuntándole con armas. Le preguntaron cuántos empleados más había en la terminal, y dónde había ido el guardia de la entrada. Al principio el tío se hizo el longuis y respondió con evasivas, pero en cuanto vio que su interlocutor sacaba una bonita escopeta recortada de doble cañón y que no albergaba precisamente intenciones muy amistosas se decidió a hablar. Faltaban tres hombres, dijo. Dos empleados de la Lufthansa y el guarda de seguridad. Así que los intrusos se pusieron a buscarlos por todo el complejo. Al segurata lo encontraron cotejando unos listados en el almacén, y se lo llevaron al comedor con el resto de sus compañeros. Los otros dos no aparecían por ningún lado, hasta que uno de los dos hombres que aguardaban en la furgoneta se presentó allí preguntando a ver qué cojones pasaba y por qué tardaban tanto, y ya de paso, informó de que habían capturado a los dos empleados de Lufthansa en el aparcamiento. De lo que no informó era de que al capturarlos, los muy cenutrios se habían quitado las máscaras "porque les daban calor", de tal suerte que uno de los dos empleados de Lufthansa, Rolf Rebmann, había visto la cara de uno de los intrusos. Para más inri, Rebmann era lo que llamaríamos un geek de los coches y el mundo del motor en general, por lo que reconoció enseguida el modelo exacto de la furgoneta en la que fue introducido a punta de pistola. El caso es que llevaron a los dos al comedor y completaron el staff de la terminal. Obligaron al director de planta a abrir la puerta de la cámara acorazada y metieron la furgoneta en el interior.

Se concentraron entonces en aquello que habían ido a buscar. Le dijeron al director de planta que conocían minuciosamente todo el sistema de alarmas del complejo y que no intentara engañarles. Le dijeron además que sabían su nombre y su dirección, y que en aquellos momentos otros dos hombres estaban en su casa y que habían tomado como rehenes a su mujer y a sus hijos. Si él no cooperaba daría la orden de que les hicieran daño. Esto último era mentira cochina, claro, pero al director no le pareció descabellado. Por cómo habían entrado en la terminal, era evidente que aquellos hombres disponían de información sobre el sistema de seguridad del lugar y conocían bien dónde estaba cada cosa y los horarios de los empleados. No habría sido extraño que tuvieran también sus datos personales e información sobre el sistema de alarma. Así que no le quedó más remedio que entregarles lo que le pidieron.


Aquellos hombres se llevaron exactamente 72 cajas de unos 7 kilos de peso cada una, repletas de billetes no consecutivos. Se trataba de dólares americanos cambiados en Alemania por turistas, diplomáticos y personal militar. Una especie de compilación de todos los billetes yanquis de curso legal que habían acabado en bancos y oficinas de cambio de la Alemania occidental. De vez en cuando, los teutones los enviaban a los States en cumplimiento de un acuerdo internacional relativo a las divisas, y se almacenaban allí en la terminal de carga hasta que pasaba el furgón blindado a recogerlos. No eran billetes emitidos en una serie determinada ni nada, sólo billetes sueltos al azar que habían ido cayendo por allá. En otras palabras, no se podía rastrear ni localizar de ninguna manera. Era obvio que los ladrones, que se llevaron el botín en la furgoneta, sabían que aquello estaba allí precisamente aquel día y estaban informados del funcionamiento del complejo. Todo apuntaba a que alguien les había dado el soplo.

Cuatro de los seis enmascarados huyeron en la furgoneta, y otros dos en el Buick, justo detrás, sin encontrar ningún tipo de obstáculo. Todo perfectamente limpio y sin pegar un solo disparo. Dejaron a todos los empleados esposados en el suelo boca abajo, excepto al director de planta, al que ataron las manos con cinta aislante. Se les dieron instrucciones para que cerraran los ojos y no los abrieran hasta pasados diez minutos. También les quitaron las llaves de sus coches, y al director de planta le robaron la cartera como advertencia de que a partir de ese instante tenían su identificación y sabían dónde vivía. Transcurridos los diez minutos, el director se deshizo de la cinta aislante, se levantó y telefoneó a las Autoridades Portuarias. Eran las cuatro y media de la madrugada. Él aún no lo sabía, pero acaba de cometerse el robo más grande la historia americana, y para el amanecer los cuatro cuerpos de policía que participaron en su investigación compartían ya la misma teoría sobre cómo había sucedido: era sin duda un trabajo organizado desde el interior.

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3 Comments:

At 12:35 AM, Blogger SisterBoy said...

Otro gran robo de la historia criminal USA fue el gran robo a Brinks que tiene algunas similitudes con este, sobre todo porque sus perpetradores tambien acabaron a tiros. Espero el proximo capitulo

 
At 11:33 PM, Blogger Ilse said...

Esto de ir sin tiempo tiene sus cosas buenas. ¿Cuáles? Que ahora mismo me los acabo todos!! :p

Buenísima idea la del robo, dinero que no puede rastrearse, genial!

 
At 4:42 AM, Anonymous Isaac said...

Me fascina el robo de la manera que lo hicieron, inicialmente lo vi por la pelicula de Martin Scorsese. Despues me informe sobre si era cierto, y la verdad es que un robo tan limpio, tan bien organizo y ademas de una cantidad mas que prominente, despues es normal que fueran matando a los lacayos.

 

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