Sunday, June 04, 2006

GRANDES MAESTROS DEL TIMO Y DEL EMBUSTE


1. CASSIE L. CHADWICK Y EL ESCÁNDALO CARNEGIE

Las personas que tenemos o gestionamos alguna cuenta corriente tenemos cierta tendencia a pensar que normalmente son los bancos los que timan a la gente, y no a la inversa. Sin embargo, allá por el siglo pasado hubo en Cleveland una mujer que no sólo no se dejaba engañar por estas Entidades del Mal, sino que incluso logró timar ella misma a los bancos más importantes de Ohio, haciendo uso tan sólo de una pluma y de la rumorología propia de la aristocracia de Euclid Avenue. Se trata de la canadiense Elizabeth Bigley, más conocida por su nombre de casada: Cassie L. Chadwick.

En realidad, esta supermujer ya contaba con algún que otro arresto por falsificaciones varias en su Ontario natal, pero su carrera de gold-digger profesional no empezó hasta 1882, fecha en la que consigue beneficiarse (suponemos) a un tal Wallace Springsteen, el americano de turno, y convencerle para que se la lleve con él a la Tierra Prometida y la despose, si bien nada más llegar ella ya se las apaña para librarse del susodicho cónyuge y dedicarse a sus labores de muy poco fuste, tales como adivina, falsificadora o puta. Y además por este orden: según consta en los archivos, en 1886 se dedicaba a leer el futuro y a las artes adivinatorias bajo el nombre de Madame Lydia DeVere; en 1889 volvió a dedicarse al noble arte de las falsificaciones, con el apodo de Lydia Scott, si bien esta vez la pillan y tuvo que pasarse cuatro largos años en el trullo; y ya en 1893, se cambia de nuevo el nombre por el de Mrs. Hoover y monta en Cleveland lo que popularmente se conoce como un prostíbulo o casa de putas.


Como es lógico, con estos antecedentes no cabía esperar que esta mujer llegara a ser una de las mujeres más distinguidas de la alta sociedad de la época. Sin embargo, parece que en aquella época lo del DNI y las huellas digitales no estaba tan avanzado, y a poco morro que uno le echara podía cambiar de identidad y de pasado como de calzoncillos. En 1897, por lo tanto, la entonces meretriz caza como marido a uno de los millonarios más respetables del Cleveland de la época, el ilustre doctor Leroy Chadwick, al que engatusa contándole no sé qué milonga de que al parecer ella no sabía que el sitio ese en el que vivía era un burdel, que ella pensaba que era un respetable internado para señoritas, y que por favor por favor la saque de aquel templo de vicio y pecado, no vaya a ser que la corrompan. Y así es como Cassie pasa a formar parte de la adinerada clase alta de Euclid Avenue, que era una de esas zonas de ricachones por las que transitaban elegantes coches de caballos, y en las que había toda una hilera de lujosas mansiones con jardín y setos y sirvientes, y personas de alta cuna vestidas como los personajes de LA EDAD DE LA INOCENCIA. Vamos, que os podéis hacer una idea.

De la noche a la mañana, la señora Chadwick se encontró rodeada de vecinos tan cotidianos y humildes como John D. Rockefeller o Marcus Hanna, y como todo nuevo rico que se precie, enseguida empezó a derrochar la pasta de su marido de forma incontrolada, superando incluso el nivel de gasto habitual entre los de su clase social. Socialmente, como es obvio, no estaba muy bien considerada, y si la invitaban a los diversos saraos, cenas y recepciones era únicamente como adyacente a su marido. El caso es que debido a su atolondrado lifestyle, pronto empezó a necesitar más y más dinero, y he aquí que lleva a cabo uno de los timos más legendarios de la historia moderna: hacerse pasar nada menos que por la hija del empresario Andrew Carnegie, que era uno de los hombres más ricos del mundo.


Un buen día, durante una visita a Nueva York, Cassie le pide a un abogado amigo de su marido que la lleve a casa de Andrew Carnegie. El tío la lleva hasta allí y la espera en el coche. Al parecer, Cassie no llegó a visitar al ilustre señor Carnegie en absoluto. De hecho, parece que lo único que hizo fue entrar en la casa, hablar con su ama de llaves para alguna irrelevante cuestión y volver a salir, pero bueno. El caso es que cuando salió, volvió al coche e hizo que "accidentalmente" se le cayera un papel al suelo, que fue cortésmente recogido por el abogado en cuestión. El hombre se quedó estupefacto al comprobar que el papel en cuestión era nada menos que un pagaré por valor de dos millones de dólares, firmado por el mismísimo Andrew Carnegie. Cuando el abogado le exigió a Cassie una explicación, ésta le dijo que se lo contaría, pero que por favor le guardara el secreto, y le reveló que en realidad ella era la hija secreta e ilegítima de Carnegie. Ni qué decir tiene que ni esto era cierto, ni la firma de Carnegie era auténtica, ni el abogado supo guardar el secreto, como era de suponer. De hecho, el pringao del abogado se lo creyó todo y contrató para Cassie una caja de seguridad en la que pudiera guardar a buen recaudo sus pertenencias.

Tal y como ella había planeado, pronto se corrió la voz de su presunta identidad por todos los bancos de Ohio, que empezaron a ofrecerle a Cassie sus servicios con notables ventajas económicas para ella. Nos imaginamos a esta pobre chica canadiense salida del arroyo recorriéndose todas las oficinas bancarias, pobladas por señores de esos con monóculo, perilla y reloj con cadena de oro colgando. Durante los ocho años posteriores, Cassie estuvo pidiendo préstamos a diestro y siniestro y falsificando la firma de Carnegie, al que por supuesto no conocía absolutamente de nada, hasta llegar a acumular una deuda de unos 15 millones de dólares con diversas entidades financieras. Los bancos simplemente suponían que el todopoderoso señor Carnegie se haría cargo de todas estas deudas.


El pufo se destapó en noviembre de 1904. El banco de H.B. Newton, en Boston, demandó a Cassie alegando que ésta debía ya una suma aberrante de 5 millones de dólares. Entonces se descubrió todo el pastel, que todas las firmas eran falsas y toda la hostia... Andrew Carnegie negó todo conocimiento de este asunto, diciendo que no tenía ni puta idea de quien era esa mujer y que desde luego él no había firmado ninguno de esos documentos. El doctor Chadwick directamente se hizo el sueco, se desentendió de todo el fregao, y se fue a hacer un viaje turístico por Europa. Por su parte Cassie huyó a Nueva York, donde fue detenida en el hotelucho de turno. En el momento de su cáptura llevaba encima un cinturón con la friolera de cien mil dólares en efectivo. Si todas estas cifras ya os parecen elevadas, tened en cuenta que se trata de cantidades de hace un siglo y manejadas todas por una sola persona. Vamos, que lo de los sellos de Afinsa, comparado con esto, pues una mierda.

Durante el juicio, como ya imaginaréis, se montó un pifostio de tres pares de cojones, dado que toda América estaba ávida por contemplar a la mujer que había estafado a los banqueros más prestigiosos del país sólo con su cara bonita. Aquello se convirtió en un circo mediático. Cassie fue condenada a 14 años de prisión y una multa de 70.000 dólares por "conspiración contra el gobierno" (parece ser que uno de los bancos timados, concretamente el Citizen's National Bank, era de titularidad federal y parte del gobierno estadounidense). Total, que la enchironaron en 1906 en la cárcel de Columbus, Ohio, en la que moriría un par de años después. La Mansión Chadwick de Cleveland, se convirtió entonces en una atracción turística para el público más curioso que quería visitar el hogar de la más famosa estafadora de América, si bien durante los años 20 ya la derribaron para hacer allí una iglesia (al parecer hoy en día hay allí una iglesia baptista o no sé qué hostias).


Resulta difícil trazar una versión fidedigna de los acontecimientos en un caso como éste, en el que la autora de los delitos consta en los archivos de diferentes países y estados (Ontario, Pennsylvania, Ohio y hasta Inglaterra), con diversos nombres y estados civiles distintos. Aún así, parece que lo aquí expuesto está bastante aceptado como la versión oficial. Lo que está claro es que se pone una vez más en evidencia que a veces las fortunas más abultadas pueden acumularse tan sólo con lograr un mínimo de buena reputación en el contexto adecuado. O como suele decirse: cría fama y échate a dormir. Quien sabe, tal vez si tratamos de repetir la hazaña, aunque sea a pequeña escala, podamos convencer a algún despistado jefe de sucursal de la BBK para que nos conceda un pequeño préstamo hipotecario haciéndonos pasar por hijos ilegítimos del presidente del Athletic o de algún magnate de los del chalecito en Neguri. Total, por intentarlo, si sólo es una firmita de nada...

8 Comments:

At 1:44 PM, Blogger Sultán Abdul Hamid II said...

Curiosa historia esta...

No tenía ningún conocimiento sobre la misma. Hoy por hoy... lo veo más complicado...

Hombre si te curras el DNI, y tienes al decker de turno... igual...

 
At 10:17 AM, Blogger Aura said...

Jejejeje. No sé si probarlo.

Que pena me da que siempre pillen a este tipo de villanos. Si es que les pierde la ambición... Me encanta esta historia, serviría para escribir un guión cinematográfico en clave de comedia, incluso con algún número de musical. No entiendo que no se halla hecho ya.

 
At 5:09 PM, Blogger Tatelus said...

Pfff.

cuanto mal ha hehco la modernidad, o no.

si es que ya no se hacen las cosas como antes...

 
At 5:41 PM, Anonymous Anonymous said...

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At 3:27 PM, Blogger skatterbrained kat said...

He estado por Cleveland, xo fíjate q no m había enterado d la historia...

Debería haber aprovechado para repetirlo, xo estaba con distracciones + mundanas.

Yo siempre he dicho q iba a cambiar mis CVs y ponerme Alejandra Patricia Ybarra De La Sota. Ya vas a ver tú si triunfaba o no.Puesto directivo-mueble y a trincar pasta x todas partes. Falsificar será + difícil, xo aún no hay como criar fama de poder y riqueza para q todo el mundo t empiece a regalar pasta.

 
At 9:27 PM, Anonymous Anonymous said...

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At 6:09 PM, Anonymous Anonymous said...

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At 9:55 PM, Anonymous Anonymous said...

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